Alas de navidad (Cuento)

Cuento navideño dedicado a los spotters, instructores y estudiantes que cerraron sus alas en 2011. El autor del cuento es José María Rebés.

Jean-Luc observaba los rostros preocupados, casi angustiados, de sus hijos y nietos. Cerca, su esposa Amélie guardaba un silencio amante y respetuoso, pues era el momento del marido, cercano al final del camino. Habían llegado todos de la lejana gran ciudad, de París, la Reina del Mundo como cantaba la Minstinguett. El último de la familia, el pequeño bisnieto Emmanuel, jugueteaba en la habitación ante el disgusto de su padre, que hubiera preferido sentarle en una silla, pero el viejo aviador quería ver al bisnieto correr y verle alegrar la casa con su amor a la vida.
Los había reunido allí a todos para despedirse, o eso intuían. Sabían lo cercano que estaba el final de su vida, por eso la tristeza, por eso la tensión, por eso el deseo de que todo acabara sin sufrimientos, con dulzura, con ternura. Pero acaso el hecho de que fuera Nochebuena podría cambiar el guión, quizás la reunión era la de una Navidad especial, con todos juntos por primera vez en muchos años; Amélie se había encargado de que no faltara nadie.
Cuando los tuvo allí a todos reunidos el viejo aviador miró a cada uno a los ojos con un gran amor y empezó un relato, el último relato:

“Voy a contaros algo que nunca antes confesé a nadie. Era el año 1944 y aquí, en esta misma casa, vivía yo una adolescencia ciega, la vista perdida nadie sabía explicar bien por qué. Amanecía el día de Navidad, y ni siquiera en aquel día los bombarderos dejaron de cruzar por encima nuestro camino de una Alemania ya casi vencida.
Solía despertarme a cualquier hora de la noche desde que perdiera la vista. Al no ser capaz de distinguir la luz de la oscuridad mi joven cuerpo no encontraba un ritmo natural de vigilia y cualquier ruido me despertaba. Bueno, no todos, pero los bombarderos siempre me despertaban. Los oía, daba igual a qué altura fuera, no importaba que nadie más los oyera: yo los oía y casi podía verlos. Amaba los aviones desde siempre, pero ya nunca podría sentirlos obedecer mis órdenes, como un jinete siente su caballo.
Despierto, pero temeroso de levantarme, me concentraba en los aviones en aquella mañana de Navidad cuando sentí la voz de un hombre: “Hola Jean-Luc”, empezó a hablar con dulzura, “me han contado lo que te pasó, me han dicho que tu horizonte se cerró y la luz desapareció de tu vida. Y he visto cuánto amas la aviación, cuánto desearías estar allí arriba para volar”.
Asombrado, pero no asustado, me dejé arrullar por aquella voz a la par segura y emocionada. “Sí”, contesté, “¡tanto desearía poder volar! Pero he perdido la vista y ya nunca podré saber lo que se siente cerca de las estrellas.”.
“Jean-Luc, soy aviador, y deseo compartir contigo lo que se siente”, me dijo aquel hombre. Entonces sentí su mano tomando la mía y me incorporé. Me dejé llevar de la mano y en seguida noté una silla tras de mí, y aquel hombre me habló de nuevo: “toma asiento, Jean-Luc, ahora ya puedes abrir los ojos”.
“¿Abrir los ojos?”, respondí. Un suave sonido de confirmación me hizo abrir mis abiertos ojos, y para mi asombro pude ver: era de noche y estábamos volando, aquel asiento era el de un avión, enfrente mío los relojes daban cuenta de informaciones que no sabía interpretar, y más allá, tras el sucio cristal, por delante y por encima mío, el cielo estrellado me descubría el mundo que una vez soñé. Oía la voz del aviador, pero no le veía. “¡Veo!, ¡Veo las estrellas, veo las nubes iluminadas por la Luna, la veo a ella misma!” Emocionado, esperaba y temía despertar en cualquier momento de aquel espectáculo irreal par mí a la par que deseado. “¿En qué avión estamos?”. “Un Lockheed de reconocimiento, un Relámpago”, me dijo, “el avión más rápido del mundo”.

Entonces sentí su mano en mi hombro, ví algo entre sus dedos y él de nuevo me habló: “Jean-Luc, éstas son las alas que llevarás desde ahora, cuídalas, hazte merecedor de haberlas recibido. Ahora adiós, quizás algún día volamos a vernos”.
Al instante la imagen del avión se desvaneció y me ví de nuevo en mi cama, aquel amanecer de Navidad. La luz del Sol golpeaba aquí y allá en mi habitación, y yo podía verla. Los médicos hablaron de un milagro, y aunque nunca pudieron entender por qué mi vista se había nublado, quisieron ver en mi recuperada visión el descanso de mi alma por el inminente final de la guerra.
Y ya sabéis el resto, hijos, nietos, esposa, ya sabéis cómo he servido como aviador a esas alas que recibí aquella noche, cómo he amado el estar allí, entre las nubes, por encima de ellas, cómo he vivido tratando siempre de ser merecedor de aquel gesto de amor de aquel aviador.
Ahora es el momento de despedirme de vosotros, siento que mis alas se cierran y deseo descansar entre ellas más allá de las nubes y las estrellas”.

En la habitación se hizo el silencio. Jean-Luc cerró los ojos y a la vez cerró su puño derecho, como queriendo conservar algo a buen resguardo.
“¡Abu!”, dijo Emmanuel. “¿Cómo se llamaba el aviador?”.
“¿El aviador? ¡Ah … sí!”. Jean-Luc tomó de su mano la de su pequeño bisnieto. “¿Lo ves ahora?” Entonces Emmanuel vió también al aviador, las estrellas y las nubes plateadas por la Luna. “Su nombre es … Antoine de …”.
No dijo más, pero Emmanuel ya lo sabía, él había recibido en aquella carlinga del P-38 las alas que le entregó su bisabuelo. Entonces supo que el también sería aviador.

 
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